Costanera, Asuncion, Paraguay

Cómo no-hacer la costa norte del Perú

Mochilear es el sueño de muchos de nosotros. Algunos lo anhelamos desde que éramos adolescentes, cuando que ese espíritu de rebeldía se apoderaba de nuestro cuerpo y deseábamos mandar a la mierda la 'rutina', ponernos una mochila en la espalda y llegar lo más lejos posible, perderse -y encontrarse- por un tiempo.

 

Como hacer costa norte peru por Rodrigo Villacorta

 

Tenía 19, acababa de terminar el instituto, y aún no trabajaba (qué buena vida, ¿no?).

Un sábado por la noche en una típica reunión de amigos, con unas cervezas encima, les conté precisamente de este sueño que tenía, coger una mochila, tirar dedo en la carretera y llegar (desde Lima) hasta la frontera con Chile, sin contar con dinero y poniendo a prueba mi supervivencia. Nunca supe el por qué esa idea super vaga les sonó tan convincente, pero de pronto, ya estábamos hablando del plan. Solo hubo un ‘pero’: -“Está haciendo frío, mejor vamos hacia el norte”- dijo el Negro, y todos estuvimos de acuerdo.

 

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Fue así que al día siguiente muy temprano por la mañana 'El Negro', 'La Mole', 'Tamo' y yo nos encaminamos en esta aventura con un solo objetivo: cruzar la frontera con Ecuador. No importaba cómo, cuánto tiempo y por qué, solo sabíamos que debíamos hacerlo.

 

El comienzo

Nuestro equipamiento constaba de una carpa, quince sobres de sopa instantánea, una cocinita portátil y 50 soles en el bolsillo cada uno (aproximadamente 15 dólares). Entre otras cosas, yo tenía un pie vendado porque días atrás, por creerme Spiderman, salté desde un segundo piso. Lo sé, era joven y estúpido. No me juzguen.

El sol comenzaba a salir y era momento de partir. Tomamos un micro-bus que nos llevó hasta Fiori (sí, ese terminal de buses-camiones-asesinos) y buscamos una empresa que nos lleve lo más lejos hacia el norte con el menor dinero posible. Fue así que invirtiendo 25 soles, 11 horas en el viaje y mucho valor, dimos a parar a Chiclayo.

 

Chiclayo y su ceviche de carretilla

Luego del cansadísimo viaje, apenas llegamos al terminal, utilizamos parte de nuestro presupuesto en hamburguesas de 2 soles y tomar una mototaxi que nos lleve hasta la playa de Pimentel, lugar donde acampamos.

Los chiclayanos nos contaron de que era una playa segura, aunque previamente nos habían narrado aterradoras historias de asaltos y secuestros en la ciudad. Fue por eso que programamos nuestras horas de guardia: La mole y yo hasta las 3 de la mañana y Tamo con el Negro a partir de esa hora.

Mientras hacía mi turno de guardia, ahí sentado en el muelle frente al mar, sin otro sonido que el romper de las olas, contemplando el cielo y sus estrellas fugaces, se abrió una ventana de tranquilidad en mi vida para reflexionar sobre ella y los rumbos que tomaba. Mientras tanto, mi novia, quien había viajado con sus primas, se divertía y embriagaba en alguna discoteca de Cusco.

El día siguiente comenzó muy temprano para nosotros. Al amanecer encontramos al Negro echado al lado nuestro (se había quedado dormido en lugar de hacer guardia) pero Tamo estaba de pie con una postura implacable frente a la carpa y una expresión imperturbable en su rostro, sosteniendo una palo de madera clavado en la arena, divisando el horizonte, cual soldado defendiendo su territorio dispuesto a recibir una bala por cada uno de nosotros. Recogimos nuestras cosas y nos dirigimos hacia el centro de la ciudad. Lamentablemente en ese momento 'el imperturbable Tamo' recibió una llamada y debía regresar a Lima. Así, sin más, se marchó. Nunca más volví a saber de él.

Nuestro día se fue en un paseo a pie por la zona histórica y probando el muy recomendable ceviche de carretilla que venden cerca a la plaza de armas, con un ají con pinta de agua sucia pero que estoy seguro dejaría moqueando a cualquiera. Por la tarde conocimos barrios muy simpáticos, la basílica de San Antonio y el Paseo de las Musas.

Obviamente nuestro presupuesto no daba para un tour a Huaca Rajada.

En la noche tomamos un bus que por 15 soles nos llevó a la septentrional ciudad de Tumbes, la subliminal, exótica y soñada frontera con Ecuador.

 

Objetivo cumplido, pero...

En el camino hice cálculos sobre mi efectivo y me di cuenta de que me había excedido con los gastos, por lo que le escribí a mi madre para que me depositara algo de dinero, quien por cierto no tenía idea de en donde me encontraba.

Eran alrededor de las 5 de la mañana, y la única respuesta que recibí de ella fue: “No jodas, estoy durmiendo”.

Siempre me gustó su sinceridad.

Llegamos muy temprano a la estación de Tumbes, justo amaneciendo y casi sin dinero, donde un taxista nos dijo que por 40 soles (entre los 3) nos llevaría a la frontera. Nosotros accedimos. Insisto con que éramos jóvenes, tontos y no consultamos otra opción.

Luego nos enteramos de que el viaje costaba menos de la mitad.

En el puente de la frontera el taxista nos contactó con otro, uno ecuatoriano, que por 5 dólares nos llevó hasta  la oficina migraciones. No teníamos idea de qué estaba pasando y nos vieron la cara de huevones. Ese viaje costaba un dólar con cincuenta. Cruzamos la frontera... ¡Objetivo cumplido! pero ahora estábamos en Huaquillas y sin dinero…

¿Cómo regresaremos a Lima?

Para nuestra suerte el negro contaba con su “dólar de la suerte” en la billetera, y después de insistir en varios colectivos uno se apiadó y accedió a llevarnos a los tres por ese monto hasta la estación de Tumbes.

Ya de vuelta en la ciudad nuestra situación era crítica. Mi madre aún no me había hecho el depósito, y literalmente no teníamos un cobre. El negro utilizó su tarjeta de crédito para comprar un pasaje de bus de vuelta a la capital. Nos preguntó si queríamos volver con él, nos propuso comprarnos el pasaje y que luego le paguemos, pero la Mole y yo nos miramos las caras y sin decir una sola palabra, sabíamos que no era lo que queríamos, esta aventura aún no se había terminado y lo que nos esperaba era la parte más interesante.

 

Regla #1 de supervivencia: Ubica un lugar donde pasar la noche

El viaje lo iniciamos cuatro personas, ahora éramos solo la mitad. Lo que seguía era buscar algún lugar relativamente seguro para pasar la noche así que empezamos a visitar hospedajes y en cada uno contamos la historia de que nos habían estafado en la frontera, no teníamos dinero y necesitábamos volver a Lima. En todos preguntamos si nos podíamos quedar a cambio de trabajar en su restaurante o lo que fuere, pero ninguno nos aceptó.

Solo en uno la amable recepcionista me dijo: “Lo siento, no puedo darte trabajo, pero te puedo dar estos 2 soles”. Ahora teníamos 2 soles.

¿Cuál sería la forma más inteligente y eficiente de utilizarlos? Teníamos una carpa, sopas instantáneas y una cocina portátil que funcionaba con ron de quemar, pero no teníamos ron de quemar.

Caminamos hasta una ferretería en el mercado. “- Señor, ¿cuánto cuesta el ron de quemar? - 2 soles hijo.”

Era un mandato divino, lo compramos. Ya teníamos qué comer, pero no donde pasar la noche.

Decidimos que la mejor opción sería acampar en alguna playa cercana y segura. Le preguntamos a unos policías que estaban en su camioneta y nos recomendaron Zorritos, que por ese entonces no era muy conocida. “- ¿Y cómo llegamos hasta ahí? - Tomen unas combis que por un sol los llevan”. Les tuvimos que contar nuestra historia, la de la estafa, y ellos decidieron ayudarnos. Nos dejaron subir a su camioneta, nos llevaron hasta la entrada sur de la ciudad y nos dijeron: “Caminen por esta carretera, de frente, no se desvíen, y en un par de horas llegarán a Zorritos”.

Nosotros bajamos, agradecimos y emprendimos.

 

Una aventura de Zorritos

Caminar al mediodía por una carretera desierta en una de las ciudades más calientes del Perú, no lo recomiendo en lo absoluto. Después de una hora, la venda que tenía ya era parte de mi cuerpo, temí que nunca más la pudiera despegar. Una serpiente pasó muy cerca a nosotros al lado del camino y los gallinazos planeaban en círculos no muy lejos de nuestras cabezas. Pero no todo fue malo, una señora de un pequeño puesto al cual nos acercamos para preguntar por fósforos nos regaló cinco plátanos y una botella de agua.

Acciones así te hacen creer que se puede llegar más lejos.

Calculamos que habían pasado 3 horas desde que empezamos a caminar y estábamos ya exhaustos. Al pasar por un pequeño pueblo pensamos que quizás una moto-taxi nos llevaría hasta Zorritos a cambio de una considerable cantidad de sopas instantáneas. Nos equivocamos. El joven que manejaba nos preguntó por qué no teníamos dinero y le contamos nuestra historia de la estafa. Él pareció comprendernos, nos subió a su moto-taxi y nos llevó un par de kilómetros hasta donde se ubicaba un policía de carretera. Le contamos nuestra historia también a este, y él detuvo a una combi a la que le ordenó que nos lleve a Zorritos.

No sabía que ese tipo de cosas sucedían, pero no era momento de cuestionamientos, solo subimos y nos marchamos.

Estaba ya anocheciendo cuando finalmente llegamos. Era una playa muy tranquila, casi no había gente y era misteriosamente segura. Sobre la arena solo había una carpa a unos 30 metros de donde decidimos poner la nuestra. Utilizamos nuestra pequeña cocina para hacer nuestra cena y casi de inmediato nos quedamos dormidos. Todo esto mientras mi novia seguia bailando y tomando entre los bares de Cusco.

Al día siguiente todo fue felicidad: nos metimos al mar como si fuera la primera vez, y pudimos retirar el dinero que nos habían depositado nuestras madres (aproximadamente unos 25 dólares a cada uno) el cual no era mucho, pero luego de nuestra odisea norteña, nos sentimos dueños de este mundo.

Volvimos a Tumbes, almorzamos en un restaurante del mercado, y enrumbamos hacia el sur, pero antes de volver a Lima queríamos hacer una última parada.

 

Felicidad en Huanchaco

Yo había estado antes en Trujillo, me gustó mucho el centro de la ciudad, pero no había tenido la oportunidad de visitar este balneario que todo el mundo recomendaba: Huanchaco.

El mar, los caballitos de Totora y las turistas en bikini convirtieron el paisaje de este destino en algo único, la alegría de la gente se mezclaba con lo tradicional de la arquitectura, y ni hablar de la comida. Siempre he tenido la idea de que la mejor forma de conocer la identidad de un lugar es visitar su mercado y comer, es lo más íntimo que podemos conocer de un destino, muy lejos de lo comercialmente turístico que este pueda ofrecer.

Quedé enamorado de Huanchaco, pero mi relación con él fue efímera.

Pronto tuve que partir ahora sí con rumbo a Lima y ponerle fin a esos días de aventura que viví en el norte.

Como lo mencioné al inicio de esta historia, han pasado muchos años desde entonces, ahora planeo un poquito mejor cada uno de mis viajes (bueno, casi siempre) pero, así como en el amor, nunca se puede olvidar la primera vez. Mi primera aventura como mochilero. Fue dolorosa pero a la vez emocionante, y fue entonces cuando supe que necesitaba ese tipo de emociones en mi vida, esas que te hacen sentir vivo de verdad. Supe que debía hacerlo siempre. Cuando algún amigo me pide consejos sobre 'cómo no-hacer el norte del Perú', les respondo: haz exactamente todo lo que yo hice, y al final sonreirás como nosotros lo hicimos.

 

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local travel

Well That Was Unexpected: The Search for Authenticity

There I was eating Peruvian ceviche with the view of Santiago, Chile’s sprawling skyline behind me as Mexican folk dancers performed. Never did I ever think I’d find myself here.

 

Local Travel

 

I expected a lot of things when I first came to Santiago for my six-month internship with LocalAventura. I expected to taste the famous Chilean wines, to hike in Patagonia, to go to museums in the city, along the way of these typical touristy activities, I hoped to also come across some local secrets. Going to a Peruvian ceviche festival in Chile, didn’t seem so “local” at the time. It just seemed random.

 

Stephanie Cohn - LocalAventura Searching for Aunthenticy

 

Flash forward a few weeks later, when I was actually in Peru. I was bar hopping in the bohemian Barranco neighborhood of Lima, Peru, with plenty of help from the Borderless Project’s wonderful tips. It was only just the other day that people were warning me of the dangers of Lima, and so these trendy, bustling bars were certainly not what I was expected. In fact with all the hipsters and international crowd, the bars felt very Brooklyn. The best part of the night wasn’t tasting my first aguaymanto sour or exploring the many rooms of a refurbished Victorian-style mansion turned bar, though that was certainly a blast. It was the small hole-in-the-wall, vintage-style bar we wandered into. There were probably only four other people in there and a Peruvian guitar player. Surrounding by antique, statues of saints and religious artwork, and the sound of the guitar, I knew that this little find was completely out-of-the-blue. This little secret, was such a find, but was totally random.

 

Stephanie Cohn - LocalAventura Searching for Aunthenticy

 

Out of all the odd little moments I’ve had, the most pleasant surprise has been “Spanglish.” These weekly meetup events are where locals and expats alike gather to practice Spanish and English. My first time attending I didn’t realize how popular these events were-- for both Chileans and foreigners alike, or how friendly people would be. Coming from the USA, where many people are afraid to approach strangers in bars, it was a shock that I could go up to anyone and they would be happy to strike up a conversation. By deciding to go to this meetup one random Tuesday, I have since met some of my closest friends in Chile. Those of which who have shown me the best restaurants in the city, taken me on hikes nearby, or invited me to completely random events… like the Ceviche festival.

My point is that authentic travel cannot be planned. It comes naturally when you open yourself up to new experiences. So yes, read online blogs, book a tour with a local guide, and take advice from your friends. This is the starting point for local experiences, but remember that your most authentic moments will come when you approach these tips with an open mind. It may be awkward and it won’t always be apparent, yet after four months of expat life in South America, I can safely say that my most authentic experiences came from the most random moments... the moments where I stop and say “never did I think I’d find myself here.”

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Stephanie Cohn works for LocalAventura, a travel tech startup focused on connecting Local Guides with adventurous travelers for more authentic experiences throughout the region. As a traveler herself, Stephanie is constantly searching for authenticity in her adventures, and working for LocalAventura has taught her a thing or two about doing just that. Through meeting with Local Guides in Chile, Argentina, and Peru, she has gotten a real taste of local life that she cannot wait to share.