Ojalá no hubiera pasado, pero pasó.

Las ganas de mandar todo a la mierda era infinitas, no salía de mi cama -y eso que estabamos a 40 grados de calor- en todo el día por la frustración que tenía, ¿por qué justo ahora?, me preguntaba cada vez que recordaba. Busqué todos los rincones de la ciudad por una solución que me trajera la esperanza de vuelta a la almohada, ninguna. Cada vez que lo solucionaba, el fantasma volvía en forma de pantalla blanca, y mis diablos volvían con una sonrisa más grande que la anterior. Todavía no sabía como enfrentarlo, primera vez -que recuerdo- que me sucede algo así, tan repentino y ridículo, tan cruel y brutal, tan desolador y desesperanzador a la vez.

 

hace más daño lo que imaginas

 

Es ridiculo pensar que un tipo que vive viajando 24/7 pueda estar alguna vez triste en su vida, o peor aún, que todavía exista la palabra depresión en su vocabulario cuando lo único que te imaginas cuando mencionan su nombre es risas, playa + fiestas y experiencias únicas, es gracioso porque yo también pensé eso cuando firmé este contrato de viajar indefinidamente para cumplir todos mis sueños, todos esos objetivos que cargo en la mochila desde que comencé a viajar, aunque no lo crean, dentro de esa mochila hay espacio para muchas otras cosas que no las calculamos cuando comenzamos esta travesía, esta vez me pasó a mi, y lo escribo para que sepas que existe y no te agarre con las defensas bajas, como le sucedió a Henry.

 

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Brasil es el destino soñado de muchos e idealizo por otros, yo decidí pasar el verano para practicar mi portugués y comenzar mi carrera como Vlogger, sí, esos tipos que hacen videos de su vida diaria en alta definición y las personas los siguen porque tienen algo interesante que decir (o creen tener). Bueno, yo decidí hacer eso, y compré mi boleto de ida en este sueño que duraría 1000 días alrededor del globo, sonaba maravilloso, exquisito, digno de seguir.

 

El viaje

Llegaría a Rio de Janeiro por unos meses para documentar todo lo que ofrece la ciudad, luego iría subiendo de a pocos hasta cruzar a Colombia, no quiero seguir el plan porque ya no existe, ahora quiero contarles mi linda relación con una palabra que muchos temen encontrar en su camino a la gloria: frustración

Todo se fue a la mierda un día caluroso de enero cuando una pantalla blanca anunciaba problemas, todavía no sé cómo pasó, pero mi computadora dejó de funcionar luego de editar el tercer video, no lo podía creer, todo estaba tan bien que hasta creí poder viajar 3 años seguidos, nunca calculé -mi error- que mi compañera fiel me iba a fallar tan pronto, no tenía ni un mes en tierras brasileñas y ya se había presentado el primer problema, gran problema.

Me cobraron una fortuna por reparar la computadora, nunca lo lograron completamente, volvía cada 5 días con mi mochila llena de desilusión y poca esperanza, cada vez que la recepcionista me veía, reflejaba mi cara de animal desahuciado y me decía: ¿de nuevo?

Fallé en no planear que podía fallar.

La felicidad que te genera viajar es una parte pequeña del paquete de emociones que el camino tiene preparado para ti, las redes sociales tanto como las apariencias engañan, y mucho, hacen creer que una sonrisa puede ser sincera, cuando por dentro hay un derrumbe existencial y emocional.

Nunca tuve miedo a la frustración porque nunca la pensé.

La curiosidad y la imaginación me estaban jugando en contra cuando por un largo tiempo jugaron en mi equipo, me estaban matando, no podía pensar sin imaginar lo que pudo ser este viaje si hubiera tenido la computadora en mis manos, estaba completamente frustrado, ni sé si era frustración, quizá estaba deprimido, tenía que ponerle un nombre para encontrarle una solución, tenía que atacar el fondo del asunto para salir de la cama lo más pronto posible y aceptar que no pude.

Pero no quería aceptarlo, sentía que no debía aceptarlo.

No quería volver a Lima derrotado.

O al menos eso creía.

Pensaba que volver a Lima era una gran derrota para mi.

 

Me olvidé algo importante

Samba de fondo a las ocho de la mañana me hizo despertarme muy temprano, sabía que algo pasaba fuera de la habitación, todavía no tenía ganas de salir de la cama, pero la música estaba demasiado fuerte para mi gusto, la frustración que sentía por todo lo pasado me estaba pasando factura. En una situación normal hubiera salido bailando, esta vez salí a decirle al recepcionista (lugar donde yo trabajaba) que no debería hacer tanto ruído.

Todos disfrazados, todos bailando, todos sonriendo.

Olvidé por completo que estaba en Brasil, olvidé que estaba en Rio y en carnaval. Olvidé el presente.

Ahi estuvo mi problema todo el tiempo, nunca tuve presente, siempre estaba en el futuro, imaginaba cosas que todavía no habían pasado, incendié mi memoria con recuerdos que todavía no existían, construí expectativas en base a planes que -sabía pero no quería aceptar- podían fallar. Dejé el presente de lado para enfocarme en el futuro, puse en pausa una felicidad que venía trabajando para concentrarme en planes imaginarios que me estaban matando, la computadora ya no existía y mis planes tampoco.

Pero loco, vamos.

Estás en Brasil, el sueño de muchas personas, dale, están en carnaval, en la fiesta más grande el mundo.

Tengo una vida de fenomenal.

 

Aprendí

Como un coco que te cae en la cabeza, me di cuenta lo errado que estaba, por no agradecer todo lo que tengo y sólo enfocarme en lo que no tengo. Aprendí que las expectativas mal administradas pueden generar situaciones indeseadas, aprendí que viajar es el problema y la solución, aprendí que la frustración es solucionable cuando la aceptas y encaras, aprendí que la imaginación puede jugar en contra o a favor, y aprendí que la vida se vive en el presente y no en el futuro.

Si alguna vez te has sentido frustrado, sólo recuerda todas las cosas buenas que tienes en el presente, recuerda cuan suertudo eres por estar aquí y ahora, recuerda que tienes cama y comida, recuerda que tienes amigos y familia, recuerda que somos capaces de destruir y construir al mismo tiempo, recuerda que no estás solo y siempre hay alguien con quién hablar.

Y todo por una computadora, que dicho sea de paso, la reparé en Lima.