Honestamente, no esperaba mucho de Bangkok. Había leído tanto sobre su delirante vida nocturna, su interminable cultura, su extravagante comida y su tráfico infernal, por supuesto. Erróneamente formé un pre-concepto muy fuerte sobre una ciudad que nunca había visitado. Quizá fue la emoción de llegar a las ciudad que me abriría las puertas de Asia, quizá fue la ingenuidad como primerizo en tierras asiáticas de intentar saber todo sobre mi destino soñado, o quizá solo fue mi instinto viajero que me sugería no pasar muchos días en esta ciudad.

 

CUATRO VECES BANGKOK

La emoción se apoderó de mi cuando bajamos del avión, no sabía qué esperar sobre esta nueva aventura, miraba a todos lados mientras caminábamos tratando de recordar cada segundo de este viaje. Las luces brillaban tan fuerte que era imposible quedarse mirando a un solo punto, volteaba a todos lados observando grupos de turistas guiados por un banderita, y nosotros, por lo menos yo, acelerabamos el paso en busca de nuestras maletas y migraciones, queríamos comenzar este sueño lo más pronto posible.

Teníamos muchas dudas (yo y mi hermano) al no encontrar mucha información en internet acerca de peruanos en Tailandia. La pared blanca con la que nos estrellamos al buscar consejos en internet fue apabullante, nos sentíamos completamente solos, unos desadaptados sociales-digitales en la era de la globalización, todo dependía de nuestra suerte y algunos consejos vagos de amigos de amigos que habían visitado Asia.

Las luces se fueron dispersando cuando entramos al área de migraciones. Un salón gigante con más de 20 agentes migratorios decidiendo el futuro inmediato de decenas, cientos o miles de turistas en un país desconocido para un gran número de ellos.

Nosotros seguíamos haciendo fila.

Cuando un oficial revisó nuestros pasaportes, nos miró y comentó: ‘Ajá, Pelú, so far rait? You health control?

El mundo se paralizó por un momento, dos o tres segundos para ser exactos, y recordé que necesitamos la cartilla que certifica que estamos libres de fiebre amarilla. ¿Ahora qué?.

Nos sacaron de la fila y enviaron al departamento de salud del aeropuerto. Fue un largo camino por recorrer, y se hizo más largo aún al saber que no teníamos esa cartilla. ‘Health Control’ era un escritorio en uno de los miles de corredores que tenía el aeropuerto, detrás del mobiliario estaba el oficial a cargo de pedirnos la información requerida, la cartilla de fiebre amarilla.

Antes de salir de Estados Unidos, investigué un poco sobre turistas del tercer mundo y la fiebre amarilla. Encontré algo que nos emocionó rápidamente, resulta que si has vivido en un país libre de ese mal los últimos seis meses antes de tu visita a Tailandia, no es necesaria la cartilla bendita. Yo llevaba cinco en gringolandia, y Jonathan seis. Tenía una carta poderosa bajo la manga en caso tengamos algún problema para ingresar a las puertas de nuestro sueño.

El oficial no entendió -o no quiso entender- nuestra situación los últimos seis meses. Intenté por más de 5 minutos explicarle sobre los 6 meses en un país limpio de fiebre, pero no obtuve resultado. De repente, como en casa, en oficial se acerca a nosotros y dice la frase latina por excelencia: ‘Si tu me ayudas, yo te ayudo’

¡Haberlo dicho antes chochera!

Le alcancé 200 baths al oficial sin darme cuenta lo que estaba haciendo. Quería sonreír ante toda esta situación pero no quería ser imprudente, así que me mantuve serio hasta que escuché: ‘You know this is not enough in Thailand, i need more’

Ya no sabía qué hacer, no había leído esa parte en internet ni en ningún otro lugar, ¿cuánto se debe coimear a un oficial de migraciones en Tailandia?. La confusión era general y teníamos a un oficial al frente de nosotros que estaba esperando una cantidad ‘suficiente’ para dejarnos pasar. El siguiente billete que sacamos fue de 500, y de repente, todo se hizo más fácil. El minuto siguiente nuestras cartillas de migración estaban siendo selladas por el hombre que segundos antes nos había negado la entrada por no tener la vacuna y ser una ‘posible’ amenaza para el país. Claro está, el dinero hacía bailar al mono una vez más, pero ahora en Asia.

Primera vez

Veíamos la ciudad por la ventana del tren y no me gustó, sentía ese raro placer de intuir algo antes de conocerlo, de verlo, de recorrerlo. El cambio de horario nos torturó durante las siguientes horas, no sabíamos si estábamos cansados, malhumorados o simplemente queríamos mandar a la mierda todo.

La energía nos duró poco.

Yo sólo quería probar la famosa y aclamada comida tailandesa, mi lengua era una bolsa de agua y mis manos estaban listas para cucharear lo que venga. Teníamos hambre así que comimos dos platos: Uno para quitar el hambre y el otro para saborear la comida sin prisa, alegrar al estómago a cada bocado, y crear un concepto verdadero de nuestra primera comida tailandesa.

Fue un desastre.

Megan ni siquiera me preguntó, cuando vio mi cara después del primer bocado sabía que algo no estaba bien. En efecto, fue el peor plato que haya probado en años.

¿Así es la comida Tailandesa?, me pregunté sin decir una palabra.

Nos miramos desconsolados y mantuvimos la actitud arriba, positiva, no pasó nada. Todo fue una mala elección y seguimos buscando la comida de la cual todo el mundo hablaba.

Ese día nos fue mal, no encontramos la olla con oro, y al día siguiente nos teníamos que ir al norte. Regresamos al hostel para empaparnos de aire acondicionado, e intentamos dormir, sin éxito.

Desperté a la 1 de la mañana y salí de la cama lentamente para no despertar a nadie, cuando volteé la cabeza para ver a los demás, todos estaban despiertos. ‘Sí, también no puedo dormir’ me dijo Megan.

Salimos a caminar y lo que vi no me gustó para nada. Puentes, edificios gigantes, motos por todos lados, bulla y mucho calor. La imagen que había creado de la ciudad antes de llegar se hizo real frente a mis ojos, ningún detalle se me escapó de la mente. Bangkok fue la ciudad que esperé y nada más que eso. Sabía que iba a regresar a la ciudad en el futuro y, como me dijo Megan, te gustará poquito a poquito, así es Bangkok.

Segunda vez

Fue un viaje espectacular desde Chiang Mai. Primera vez que me montaba en un tren-cama, sí, podías dormir dentro y fue un viaje de putamadre. Al final del pasillo se encontraba, otra vez, Bangkok. Esta vez no hubo tiempo para decepcionarse nuevamente, sólo teníamos algunas horas para comer y llegar al aeropuerto para tomar nuestro vuelo hacia Birmania.

Mi opinión seguía intacta, inquebrantable y más firme que nunca, Bangkok seguía siendo la misma ciudad que imaginé antes de llegar a Asia.

Chiang Mai me pareció espectacular.

Esta vez me despedí de Bangkok esperando encontrarnos de vuelta. Dos semanas después.

Tercera vez

Bajamos de un vuelo cargado de emociones y sentimientos encontrados. Birmania fue increíblemente rico como experiencia, me hizo soñar muy duro, muy alto y en tiempo real. Ahora tocaba nuevamente Bangkok, y esta vez, me tenía que quedar varios días para poder tramitar mi nuevo pasaporte (se me acabaron las páginas).

Megan y Jonathan tomaron el tren para Laos.

Yo decidí apostar por Couchsurfing esta vez, Bangkok y yo teníamos una nueva cita.

La película cambió un poquito. Estaba sintiendo las palabras de Megan paso a paso. Bangkok seguía oliendo raro pero esta vez no me molestaba.

Creo que me estaba gustando sin poder admitirlo, no quería estar equivocado.

Khao Sam Road fue un jugador importante en mi teoría de las cuatro veces. Es una obra de teatro que se monta a diario para los turistas. Todos los días. 24/7.

Para ser honesto no recuerdo mucho de esa noche, tengo lagunas mentales espectaculares de aquella noche, creo que jugué el papel de primerizo en la obra de teatro, yo fui parte de los actores, y no del público. Esa noche salimos con una francés que fue duramente golpeado en una noche loca en Pai, al norte de Tailandia, una canadiense que me quería matar cada vez que hablaba, una linda chica de Nueva Zelanda que fue mi couch, y yo.

El francés, con más de 20 heridas y 8 puntos en la cabeza, fue el alma de la fiesta.

Verlo bailar era una maravilla, estaba lleno de parches por todo el cuerpo, pero ahí seguía, bailando la macanera en fila india con un grupo de locales a las 3 de la mañana. Sabía que iba a ser una mañana dura para él, aunque no le importaba mucho.

Bangkok finalmente me hizo pisar el palito, sentía que podía quedarme un día más sin quejas. Definitivamente no era mi ciudad favorita, quizá nunca lo será, pero tiene algo mágico y extraño que te deja pensando cuando te vas. ¿Me gustó o no me gustó?. Esa obra de teatro bien planificada estaba diseñada para amarla u odiarla, no hay grises en Bangkok.

Cuarta vez

Era nuestra cuarta vez en Bangkok y estaba dispuesto a abrirle las puertas de mis más bajas emociones y sentimientos a esta ciudad. Quería que me gustara aunque no sé por qué. Esta vez veníamos con un plan de recorrer la ciudad un poco más, adentrarnos en la cultura viva y explorar sus alrededores con olores nauseabundos.

Couchsurfing surgió como una opción inmediata, queríamos conocer más de la ciudad y ahorrar un poco de dinero. Cada uno (mi hermano y yo) consiguió couch en un lugar diferente de la ciudad.

Tuvimos historias completamente diferentes.

Jonathan se hospedó con un local que se declaraba abiertamente homosexual en su perfil de Couchsurfing. Por mi lado, me alojó Art, un tailandés espectacular en todo sentido. Artista, actor, bailarín, y con un departamento de putamadre. No podía pedir más.

Mi hermano tuvo que escapar al día siguiente. Su couch no lo dejaba dormir, se paraba en la puerta a mirarlo toda la noche.

No lo creía.

Art me invitó a cenar su llama ‘comida de bienvenida’. Aquí me di cuenta el valor de esta plataforma llamada ‘Couchsurfing’ si la utilizamos de la manera correcta. Fue un intercambio cultural intenso, fascinante y muy divertido.

La comida espectacular. El ordenó todo y fue el paraíso en sabores.

Conocí otra parte de Bangkok. La obra de teatro tenía varias locaciones con distintos actores, pero el sentimiento era el mismo. La ciudad se transformaba de noche y se reinventaba de día, lugar que difícilmente puedo describir con palabras.

Caminar por las mañanas por el barrio no es un tarea sencilla. El tráfico y el calor ponen a prueba tu madurez mental frente a las personas. Se vuelve una ciudad tan frágil con la luz del día, completamente diferente a lo que es cuando el sol cae detrás de todos eso edificios gigantes.

Megan tenía razón. Tenemos que darle tiempo al ‘New York’ de Asia. Es un romance. Si me preguntas cuántos días recomendaría quedarse en Bangkok, quizá te diría que tres son suficientes para recorrerlo y explorarlo, pero no para entenderlo.